—Oh, nena —susurró él, como si lo hubiera comprendido—. ¡Bruja provocadora, sabías que esto iba a pasar!
—Tarea —respondió ella con una sonrisa, pues llevaba puesta la lencería blanca de encaje que él le había comprado.
Él se dirigió hacia ella con los dedos ya en los botones de la camisa y la mirada llena de sed de venganza.
Pero ella tomó el control. —No, yo quiero hacerlo —dijo, apartando sus manos para reemplazarlas con las suyas.
Era fácil quedarse allí y dejar que ella lo desnudara. De he