Pero no era así. ¡Diablos! ¡Ya no sabía lo que quería! Ella lo tenía desconcertado, admitió, mirándola fijamente sentada frente a él, con su vestido negro brillante, tan increíblemente hermosa que le hacía pensar en la ropa interior que probablemente llevaba puesta, y con el cabello sedoso sobre los hombros.
Y no le gustaba cómo otros hombres la miraban, añadió a su lista de quejas, aunque ella no parecía darse cuenta, tenía que confesarlo. De hecho, ¡no podía parecer más indiferente!
O tal vez