—Sí, lo haces —insistió, quitándose la toalla de las caderas y arrojándola a un lado antes de coger la sábana para cubrirlos—. Yo me ocupo de los míos. Y hasta que demuestres lo contrario, ahora me perteneces, así que ni se te ocurra tomar la píldora del día después. Y además —añadió con voz ronca y firme—, te quiero aquí. ¿Puedes decirme con toda sinceridad que no quieres estar aquí también?
Ella no podía. Él lo sabía. Podía decir que él no era el hombre adecuado para ella, pero en el fondo er