Ella parpadeó. —Me besaste para… —Era una explicación, pero no una que explicara la necesidad imperiosa que había vislumbrado en su rostro—.
—Te besé porque no me estabas escuchando.
No parecía necesario añadir que él había querido besarla, que la idea de hacerlo había ido creciendo durante todo el día hasta convertirse en una distracción constante. Había matado dos pájaros de un tiro: satisfacer su curiosidad y eliminar la distracción.
En teoría, al menos.
—Lo único que demostraste es que sabe