Greg, que permanecía callado mientras escuchaba las aburridas anécdotas del señor Portella, esperaba el momento preciso para poder hablar sobre la venta de los viñedos.
—¿Todo bien? —Le pregunta María, que estaba junto a él, pues no se le había despegado ni un solo segundo en toda la noche.
—Sí, es solo que... —Mira su reloj. —Ya es un poco tarde, y realmente me gustaría cerrar de una vez por todas el trato con tu padre.
—Lo sé, pero no desesperes. Conozco a mi papá, y si está cont