—¡Ay! ¡Ay! No te detengas —le grita Montse a su esposo con la respiración entrecortada mientras siente cómo las sensaciones se apoderan de su cuerpo. En esos fugaces encuentros, donde lo único que necesitan es un poco de privacidad, se entregan sin reservas, dejando que el deseo tome el control y sus almas se fundan en medio del desenfreno de la pasión.
—Montserrat —llama Sarah a su puerta, pero no hay respuesta. Gira sobre sus tacones y se dirige al escritorio de la secretaria, Astrid—. ¿El se