El Puente Sur, que conectaba el brillante distrito financiero con la decadencia oxidada de la Zona Cero, estaba desierto. La policía había cortado el tráfico a tres kilómetros a la redonda.
Bajo la llovizna constante, una sola figura caminaba desde el lado de la ciudad hacia las barricadas de los lobos. El Agente Miller llevaba un maletín en una mano y la otra levantada, mostrando la palma vacía. No llevaba chaleco antibalas. Sabía que si los francotiradores de la Luna de Hierro querían matarlo