Mientras el pánico se apoderaba de la Torre de los Garras de Plata, en la Zona Cero el tiempo parecía haberse detenido.
El almacén principal, convertido en cuartel general improvisado, olía a aceite de motor, ozono y tabaco barato. Kogan estaba sentado sobre una caja de municiones, desmontando y limpiando su pistola con una calma mecánica. Clic. Clac. Deslizar. Cada sonido era nítido en el silencio del hangar.
Mirela Basarab lo observaba desde las sombras, sentada en un viejo sofá de cuero raja