XI

 En algún momento de la intensa noche de múltiples e indescriptibles placeres, la sirvienta pelirroja se quedó dormida sobre la aterciopelada alfombra de la sala, y Natalia y yo proseguimos nuestro amorío sobre su cama matrimonial de rojas sábanas. Estaba encima de mí, besándome en la boca, las mejillas, el cuello y el pecho mientras me decía:

 —Cuando algo es prohibido, es más sabroso ¿no?

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