Los trillizos perdidos han vuelto a casa.
En la bella y helada Rusia, dos coches negros de lujo esperaban ya a los dos CEOS. Sergey subió a sus bodoques asegurándose de que se abrocharan el cinturón de seguridad.
Los trillizos se estaban helando aunque iban muy bien abrigados.
— Papá, que enciendan la calefacción, este país es demasiado frío. — El pequeño Aleksey se abrazó a si mismo. A pesar de llevar guantes, gorro y bufanda, aún así no lograba calentarse.
— Cielos, seguro que aquí viven los pingüinos, voy a morir congelado.