Punto de vista de Anya
Recor rimos los pasillos del hospital: pasamos por el puesto de enfermeras donde varias nos despidieron con cariño y buenos deseos, junto a otras habitaciones de pacientes, por el vestíbulo principal con sus muebles institucionales y revistas viejas. La gente me miraba al pasar. Sabía que todavía tenía mal aspecto: los moretones de la cara se estaban yendo, pero aún se notaban, y me movía tiesa y con cuidado, como si cada gesto doliera.
Que miren. Estaba viva. Eso era má