Punto de vista de Anya
Llevaba una semana en el hospital y, muy despacio —tan dolorosamente despacio—, mis heridas se iban curando.
Los médicos no paraban de decirme que estaba progresando bien, que mi cuerpo respondía al tratamiento, que había tenido mucha suerte de seguir viva. Suerte. Esa palabra sonaba rara cada vez que la oía. Yo no me sentía afortunada. Me sentía rota, magullada, como si cada parte de mí doliera de formas que ni sabía que eran posibles.
Pero estaba viva. Y mejorando. Eso