Anya
El estómago se me cayó como una piedra. De repente tenía la boca seca, como si la lengua se me hubiera pegado al paladar.
—Yo… eh… su ama de llaves me dejó entrar —conseguí decir, tropezando con las palabras—. Y su puerta estaba abierta, así que pensé que—
—Oíste la ducha corriendo —levantó una ceja, lento y afilado—. Y aun así entraste. Y te quedaste.
No gritó. Ni siquiera sonó molesto. Su voz era calmada, firme… casi demasiado firme. El tipo de tono que me erizaba la piel.
—Yo… no sabía