Anya
Llegamos a la puerta de la mansión y el Uber se detuvo lentamente, como si incluso el coche supiera que el lugar era intimidante. Dos guardias se acercaron con paso firme, ambos altos y vestidos con uniformes oscuros que los hacían parecer agentes secretos. Uno de ellos tocó la ventanilla y yo di un pequeño respingo antes de bajarla.
—¿Nombre? —preguntó, mirándome como si estuviera escaneando mi alma.
Se me cerró la garganta. Por un momento casi olvidé quién era.
—A-Anya. Anya Davenport. S