El reloj marcaba las tres diecisiete de la madrugada.
En el inmenso penthouse Ivanov, donde normalmente reinaba un silencio absoluto, un pequeño sonido rompió la tranquilidad.
— ¡Aaah... aaah...!
Rodrigo Ivanov, abrió los ojos de inmediato.
No necesitó que nadie le dijera qué ocurría.
— Eliester...
El magnate, siempre impecable y de carácter inquebrantable, se levantó vestido en una costosa pijama, todavía medio dormido.
Su cabello estaba ligeramente despeinado, algo que muy po