Silencios de amor.
La puerta del penthouse se cerró con un golpe seco.
Rodrigo Ivanov entró con toda su imponencia sin pronunciar una sola palabra.
Su expresión era impenetrable, pero el brillo frío de sus ojos bastaba para que cualquier empleado entendiera que no era el momento de dirigirle la palabra.
Dejó el saco sobre el portabrazos del sofá y aflojó ligeramente el nudo de la corbata.
Había sido un día agotador: negociaciones complicadas, llamadas interminables y el desagradable incidente en el rest