Sofía estaba sentada en el borde de su cama del hospital, con las manos temblorosas y el rostro pálido. Sabía que su hermano Andrei no dudaría en hacer lo que fuera necesario para conseguir lo que quería. Él siempre había sido despiadado, un hombre sin escrúpulos que veía a las personas como piezas en un tablero de ajedrez. Desde que su madre murió, ellos dos habían quedado solos en el mundo. El padre biológico de Sofía había abandonado a su madre cuando ella era apenas una niña, desapareciendo