El hospital estaba envuelto en un silencio sepulcral, roto solo por el sonido de los pasos apresurados de los médicos y las máquinas que pitaban en las salas de emergencias. Brith Cartier estaba sentado en una de las incómodas sillas de la sala de espera, con las manos entrelazadas y la mirada fija en el suelo. Su rostro reflejaba una mezcla de angustia, rabia y desesperación. Amelia, su hermana menor, estaba en el quirófano luchando por su vida.
Cada segundo que pasaba parecía una eternidad. B