Brihana cruzó el umbral de la mansión Kazcanov, un lugar que, aunque majestuoso y lleno de esplendor, albergaba sombras que no podían ocultarse tras sus lujosas paredes. Su madre caminaba a su lado, firme y atenta, mientras Tiffany, siempre leal, la seguía con una mezcla de preocupación y desdén en el rostro. Los sirvientes se inclinaron con respeto, sus miradas fugaces y sus labios cerrados, como si temieran que una sola palabra pudiera sellar su destino. La atmósfera era densa, casi sofocante