Mundo ficciónIniciar sesiónEn la mansión Velasco-Ferrer, el ambiente era de una tensión palpable. Adrián caminaba a pasos agigantados de un extremo a otro de la amplia sala de estar, mirando la pantalla de su teléfono móvil cada tres segundos. La mesa del comedor principal estaba servida para dos personas, con las velas consumiéndose lentamente y la comida completamente fría.
Nicolás estaba sentado en uno de los sillones individuales, con la vista fija en la alfombra, pálido y con las manos temblorosas aferradas a las rodillas.
—¡Es imposible que no sepa dónde está! —exclamó Adrián, deteniéndose bruscamente frente a Nicolás—. Viajaste con ella en el mismo avión, Nicolás. Me dijiste que aterrizaron a tiempo. ¿Cómo es eso de que fue al baño de la terminal y simplemente desapareció? ¡No responde las llamadas ni los mensajes!
Nicolás tragó saliva con dificultad. Sentía una opresión terrible en el pecho. La imagen de Valentina mirándolo con frialdad dentro de la cabina del avión lo perseguía sin tregua.
—Te lo dije, Adrián... se sintió mal durante el vuelo —mintió Nicolás con la voz entrecortada—. Tuve que ir a buscar al chofer para las maletas y cuando volví a la zona de desembarque ya no estaba. Pensé que había tomado un taxi directamente a la oficina o a ver a los papás.
—Fui a la casa de tus padres hace una hora —respondió Adrián, pasándose una mano por el cabello con evidente frustración—. Valentina no está allá. Tus papás están preocupados. Incluso Camila está buscando en los hospitales por si ocurrió un accidente.
Nicolás apretó los dientes al escuchar el nombre de su otra hermana. Un destello de ira amarga cruzó por sus pensamientos. «Camila está preocupada por si se descubre el juego que nos da de comer a todos», pensó con amargura, aunque la cobardía le impidió expresar sus pensamientos en voz alta.
—Tal vez... tal vez Valentina solo necesitaba un tiempo a solas, Adrián —murmuró Nicolás sin levantarse—. La gira de negocios por el extranjero fue agotadora. Tú sabes cómo se pone cuando está bajo mucho estrés.
Adrián guardó silencio durante un momento. Sus ojos oscuros se entrecerraron mientras evaluaba a Nicolás. Llevaba diez años trabajando codo a codo con la familia Ferrer y conocía demasiado bien las reacciones del joven.
—Hay algo que no me estás contando, Nicolás —dijo Adrián, dando dos pasos hacia él y bajando el tono de voz a una amenaza contenida—. Valentina no apaga el teléfono por "estrés". Es la presidenta de la compañía. Tiene tres reuniones de directorio programadas para mañana en la mañana. Ella nunca abandona sus responsabilidades a menos que pase algo grave.
—¡Te juro que no sé nada más! —se defendió Nicolás levantando las manos de forma impulsiva, revelando un sudor frío en la frente.
El teléfono fijo de la casa sonó con un timbre estridente, cortando la discusión. Adrián caminó rápidamente hacia el aparato y descolgó el auricular.
—¿Valentina? —preguntó con urgencia.
—No, Adrián, soy yo —respondió la voz suave pero ansiosa de Camila al otro lado de la línea—. ¿Apareció Valentina? Ya acosté a Tomás y a Sofía, pero no puedo dormir. Mi mamá está hystérica en la otra línea, cree que a Valentina le pasó algo malo en la carretera.
—Todavía no aparece, Camila —suspiró Adrián, apoyando la mano libre sobre el marco del ventanal—. Nicolás está aquí, pero dice que la perdió de vista en la terminal. Apagó el celular.
—Esto no es normal en ella, Adrián... —el tono de Camila denotaba un miedo genuino, aunque entremezclado con una extraña inquietud personal—. ¿Estás seguro de que no discutieron antes de que ella viajara? ¿O que se haya enterado de algo?
La última pregunta de Camila provocó un silencio pesado en la línea. Adrián apretó el auricular con fuerza.
—¿Enterado de qué, Camila? —preguntó Adrián con dureza—. Hemos mantenido todo bajo control durante diez años. Nadie ha dicho nada. Tú tienes tu vida con los niños en la residencia que Valentina compró para ti, y yo cumplo con mi papel aquí. No hay forma de que ella sepa nada a menos que alguno de ustedes haya cometido una estupidez.
—¡Yo no he dicho una sola palabra! —se apresuró a responder Camila, aterrorizada ante la sola idea—. Tú sabes lo que pasaría si Valentina se entera. Nos quitaría todo, Adrián. A mí, a los niños, a mis padres... Ella es la dueña de las firmas y de los contratos principales.
—Tranquilízate —ordenó Adrián, tratando de mantener la compostura, aunque una punzada de pánico comenzaba a instalarse en su propio estómago—. Voy a esperar a mañana a primera hora. Si no aparece en la sede central de la empresa para la reunión de directorio, iniciaré un rastreo con la seguridad privada de la firma. Vete a dormir, Camila.
Adrián colgó el teléfono y volvió a mirar a Nicolás, quien se había puesto de pie apresuradamente con las llaves de su auto en la mano.
—Me voy a mi departamento, Adrián. Si sé algo de ella, te aviso —dijo Nicolás sin mirarlo a los ojos, pasando por su lado a paso apresurado.
—Nicolás —lo detuvo la voz de Adrián justo antes de que cruzara la puerta principal—. Si sabes algo y me lo estás ocultando, recuerda que si Valentina cae, caemos todos. Tu carrera en la joyería incluida.
Nicolás no respondió. Salió de la mansión cerrando la puerta tras de sí, mientras Adrián se quedaba solo en medio del silencio sofocante de la gran casa que, de pronto, se sentía terriblemente vacía.







