—Desde este momento… ya no somos marido y mujer. Cuando te vayas, te juro que me casaré con otra mujer… y tendré un hijo. Exactamente como siempre lo he deseado.
Los ojos de Jovanka se abrieron de par en par, llenos de horror. La sangre pareció abandonarle el cuerpo, dejándola helada. Abrió los labios… pero ninguna palabra salió.
—¡No! ¡No harás eso, Al! —gritó, al borde de la histeria—. No puedes hacerlo…
Altezza esbozó una sonrisa ladeada.
—Oh, sí… claro que puedo.
—No. No puedes. Me amas, Al