«Dios mío…»
La exclamación sorprendida llegó al mismo tiempo que alguien tiraba de Adaline desde detrás de Altezza. Era una mujer hermosísima, de rostro amable, casi de la misma estatura que Adaline, aunque con una figura más llena.
«Dios mío…» repitió, y la envolvió en un abrazo apretado, cargado de emoción. «Dios mío… cariño, mira a quién ha traído nuestro hijo.»
Con manos suaves y regordetas, enmarcó el rostro de Adaline —que aún permanecía aturdida— y besó ambas mejillas con rapidez, casi s