Pasó una semana.
Sin respuesta de Sera. Roman no se había fijado en su cabeza un día específico a partir del cual una respuesta significaría algo si no había llegado. Había enviado la carta sabiendo que la respuesta no era el punto. El punto era el decir. El decir cosas que eran verdad, con claridad y sin condiciones, a alguien que merecía saber que eran verdad. Lo que ella hiciera con eso era completamente suyo.
Él lo sabía. Lo había sabido cuando le entregó el sobre al mensajero. Siguió sabié