Regresó a la mansión a las diez y media.
El coche de Leonardo seguía en la entrada.
No lo esperaba.
A esa hora él nunca estaba en casa.
Sus mañanas seguían un horario tan rígido como todo lo demás en su vida: oficina a las ocho, llamadas hasta el mediodía y almuerzo en su despacho, sin interrupciones.
Permaneció un momento frente a la puerta principal con la llave en la mano antes de entrar.
La casa estaba en silencio.
Era el tipo de silencio que siempre reinaba cuando Leonardo trabajaba desde c