52. LO QUE AÚN RESPIRA ENTRE NOSOTROS
El hospital volvió a oler a pérdida.
A desvelo.
A angustia.
Mathew cruzó las puertas automáticas con Alan en brazos.
El pequeño estaba aferrado a su cuello, con los ojitos hinchados, la nariz roja y las manos apretadas en la camisa del que consideraba su padre, como si al soltarlo fuera desaparecer.
—Papá… —susurraba de vez en cuando, sin atreverse a decir nada más.
Mathew no respondía, pero no porque no quisiera, sino porque no podía. Su aspecto… Era devastador.
La barba crecida, desordenada,