54. NADA ESTÁ BIEN

El mundo se cerró.

No de golpe… no con ruido.

Sino lento.

Pesado.

Inevitable.

—¡Salgan todos! —ordenó el médico con firmeza—. ¡Ahora!

Las manos comenzaron a moverse rápido.

Enfermeras. Instrumentos. Una jeringa.

Alicia seguía llorando, temblando, resistiéndose incluso cuando su cuerpo ya no tenía fuerzas.

—¡No! ¡No, por favor! —su voz se rompía—. ¡No quiero dormir más! ¡Es tu culpa! ¡Es u culpa Mathew!

Eso fue lo que terminó de destruirlo. Mathew no opuso resistencia cuando lo empujaron fuera
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