El segundo crujido de las tablas del suelo arriba fue más agudo, más deliberado que el primero. No era solo la casa asentándose; era el sonido de un cambio de peso, de alguien buscando zapatillas en la oscuridad. Contuve la respiración hasta que mis pulmones ardieron, con mis ojos fijos en los de Denzel. La biblioteca, que hacía solo unos momentos se sentía como un escenario cavernoso para nuestro calor compartido, de repente se sintió como una jaula.
Cada segundo que pasaba el reloj de pie en