El día se desarrolló en una bruma de indulgencia, con la tormenta de afuera reflejando la que habíamos desatado en el interior. Después de asearnos, con sus manos demorándose en mi cuerpo mientras me enjabonaba en la bañera de patas de la cabaña, con sus dedos deslizándose dentro de mí para "enjuagarme" a fondo, nos secamos y me llevó a la cocina... desnuda excepto por la corbata de seda que había enrollado alrededor de mi cuello como un collar. No estaba apretada, pero el peso simbólico hacía