En aquel orfanato había menos niños y menos personal, y el jardín, un poco más alejado, estaba cubierto de maleza.
A Lidia y Manuel les había atraído el lúgubre sonido de un perro ladrando.
Lidia había sido perseguida por el perro de Manuel antes, y estaba un poco asustada psicológicamente, pero ese único ladrido justo ahora era tan miserable que debía estar en peligro, y tras unos segundos de lucha mental decidió acercarse a echar un vistazo.
Temerosos de que demasiado alboroto ahuyentara al pe