En el sótano de un chalet en algún lugar de las afueras de la ciudad, en cuanto Bosco entró, sintió un fuerte olor a medicina y el turbio olor a moho del aire que no había circulado durante años.
Desde el interior se oían voces bajas que hablaban.
Bosco se adentró en el sótano a paso tranquilo, y cuanto más se adentraba, más claras se hacían las conversaciones.
—Fabio, no te muevas, la herida está abierta.
—Cuando salga, seguro que me cargo a ese chico, joder.
—Fabio, es mejor que no pienses en