Los ojos de Diana se iluminaron, pensando que era una buena idea, de todas formas podía permitirse criar a uno, pero se lo pensó mejor, criar a un niño no era criar a un perro, un niño tenía que vivir en un hogar con amor, y además del amor de un padre, también el de una madre.
Pero antes de que pudiera sacudir la cabeza, la fría voz de Diego llegó desde detrás de ella: —No.
Asustada, Diana casi saltó del taburete, y mientras respiraba hondo, se atragantó con la guindilla de la barbacoa y tosió: