Cecilia lo sintió, pero no le quedaban fuerzas para mirar, y Bosco, cuya mirada seguía siendo muy aguda, incluso en un momento así, entrecerró los ojos ante el hombre que salía de debajo del sendero.
No era Carlos.
Iba solo completamente equipado para el senderismo, con un mackintosh profesional para que bloqueara muy bien la lluvia, y sus botas militares negras pisaban con firmeza el sendero resbaladizo, como si caminara sobre el suelo plano.
—Cecilia...
Al ver a Cecilia, que estaba fuertemente