Mundo ficciĂłnIniciar sesiĂłnPasamos una noche increĂblemente especial. Kyler Miller era magnĂ©tico; un torbellino de encanto y agudeza que me hacĂa reĂr de verdad, algo que rara vez sucedĂa en mi vida estructurada. Caminábamos por los salones de su inmenso hotel y yo no podĂa ignorar las miradas de los demás. Me veĂan con una mezcla de curiosidad, envidia y desaprobaciĂłn: la hija del congresista en un coqueteo abierto con el nuevo rey de la hotelerĂa neoyorquina.
Se detuvo junto a una mesa auxiliar, tomĂł un vaso de whisky de la bandeja de un mesero y me mirĂł por encima del borde del cristal.
—¿QuĂ© has estudiado, MĂa? —Su pregunta sonĂł casual, pero su mirada era puro análisis.
—Varias cosas —admitĂ, encogiĂ©ndome de hombros—. Dos años de leyes, un semestre de economĂa... Pero este año entro a la facultad de Medicina. Eso es lo que realmente me apasiona.
—Te podrĂa ayudar —me observĂł con esa sonrisa que ya sabĂa que me desarmaba—. Tengo un familiar que es jefe de cirugĂa en el Hospital St. Jude. PodrĂas entrar a hacer prácticas sin problemas.
Lo interrumpĂ de inmediato. El favoritismo y la ayuda corporativa eran la jaula de mi vida.
—No, gracias. Quiero lograr esto por mĂ misma —caminĂ© hasta quedar frente a Ă©l, tomĂ© su mano izquierda, cálida y firme, y la sostuve entre las mĂas—. Kyler, necesito que me valoren por lo que soy, no por la chequera de mis padres. O por tus contactos.
Él sonrió, acortando la distancia que a mà tanto me gustaba mantener.
—Pero yo no soy tu padre, princesa. Puedo darte un empujón sin condiciones.
Me alejé un paso, soltando su mano.
—Lo sé. Pero en mi mundo, las condiciones siempre terminan llegando.
—Eres una chiquita temperamental, MĂa Stiller.
—Puede ser —le devolvà la sonrisa, pero esta vez fui yo quien tomó la iniciativa—. Ven, bailemos.
No le deji opción. Lo jalé conmigo hacia la pista y él, resignado pero divertido, dejó su vaso en la bandeja de otro mesero que pasaba.
—No iba a bailar con el trago en la mano, para tu información —bromeó, acomodándose a mi ritmo.
—¡Oh, sĂ! El gran Kyler Miller y su estricto protocolo de etiqueta.
—La verdad es que sĂ. Y no soy asĂ con todos, Âżsabes?
—¿Por eso todos en el salón me ven raro? ¿Por qué yo?
—Digamos que es como el cuento de Cenicienta. En medio de un baile aburrido, solo hay ojos para la que llegó con un brillo diferente.
—No me siento asà —murmurĂ©. En realidad, por dentro me sentĂa como una bomba de tiempo lista para explotar.
La mĂşsica era lenta. Nos movĂamos al compás de un vals, un eco de elegancia clásica que servĂa de telĂłn de fondo para los affaires de la alta sociedad.
—¿Cuántos años tienes? —pregunté, rompiendo el silencio.
—Veintiséis.
—Y ya eres tan exitoso. ¿Cómo lo lograste?
—No me gusta hablar de negocios cuando la compañĂa es perfecta. Es aburrido —cambiĂł de tema sin el menor esfuerzo—. ÂżTienes novio?
—No, no tengo —sonreĂ, mirándolo directamente a los ojos y notando la fascinante profundidad de su color oscuro.
—¿Te has enamorado alguna vez?
Hice una pausa, sintiendo el peso del collar en mi cuello.
—SĂ. De alguien que conocĂ hace mucho tiempo, aunque nunca supe quiĂ©n era realmente.
—Un enmascarado —concluyó, con una perspicacia que me erizó la piel.
La fiesta continuĂł entre murmullos sobre negocios, polĂtica y el inminente ascenso de mi padre. Al cabo de unas horas, me sentĂ atrapada de nuevo en esa monotonĂa de hombres poderosos con vasos de whisky. De pronto, el ambiente cambiĂł. Kyler subiĂł al estrado para hacer un brindis y todas las miradas se centraron en Ă©l.
—Quiero brindar por estar hoy aquà con todos ustedes —declaró, mientras los invitados levantaban sus copas—. Y brindo, especialmente, por mi apoyo incondicional al congresista Stiller en su campaña para la gobernación.
Me observĂł desde la distancia. Y fue en ese preciso instante cuando su mirada perdiĂł toda la dulzura. Se volviĂł misteriosa, frĂa, calculada. SentĂ un escalofrĂo que no tenĂa nada que ver con el romance.
«Es muy guapo, inteligente, de buena familia... SerĂa el candidato ideal que mi padre adorarĂa», el pensamiento cruzĂł mi mente como un rayo.
«Oh, por Dios, MĂa. Saca esas ideas de tu cabeza ahora mismo», me reprendĂ en silencio.
La noche terminĂł bajo el mandato de siempre: mi padre decidiĂł que nos quedarĂamos en el hotel. Era su regla inmutable: se hace lo que Ă©l dice, cuando Ă©l lo dice.
A la mañana siguiente, me despertĂ© en una suite de lujo sintiendo que un camiĂłn me habĂa pasado por encima. El cansancio y los nervios acumulados me pasaban factura, y hoy, para colmo, comenzaban mis clases de Medicina. Incapaz de seguir en la cama, salĂ a recorrer las instalaciones del piso. La seguridad privada era omnipresente, pero logrĂ© llegar a un balcĂłn privado que daba al este. CrucĂ© los brazos sobre el barandal y observĂ© los Ăşltimos tintes rosados del amanecer.
—Te ves hermosa por las mañanas.
Escuché su voz, ahora demasiado familiar. Kyler estaba apoyado en el marco de la puerta.
—Voy a tener que empezar a creer, señor Miller, que me está persiguiendo.
Él soltĂł esa risa profunda que me habĂa embelesado la noche anterior.
—Me gusta observar las cosas bellas. —Se acercĂł y me extendiĂł una copa con un lĂquido de color tentador—. Ten. Te ayudará a despertar.
—¿Una margarita? Eres una pĂ©sima influencia para mi primer dĂa de universidad.
—No tiene casi alcohol, lo prometo —aseguró con un guiño. Acepté el trago, riendo a pesar de mis propios principios.
El cielo comenzĂł a aclararse. Me concentrĂ© en una Ăşltima estrella que brillaba cerca de la luna: fuerte, radiante y, aun asĂ, completamente sola. SentĂa que, de alguna manera, yo colgarĂa asĂ en mi propio firmamento.
—Mira, una estrella fugaz —dijo Kyler, señalando el horizonte.
CerrĂ© los ojos, con el corazĂłn apretado por una repentina melancolĂa. «Quiero conocer el amor, pero el amor verdadero. El que no tiene un precio, un apellido o un contrato de por medio».
—¿Pediste tu deseo? —se colocó a mi lado.
—SĂ, lo hice. ÂżY tĂş?
—Me da curiosidad. ¿Qué es lo que más desea una chica como tú, que parece tenerlo todo? —preguntó, cruzando los brazos con un semblante repentinamente serio.
—¿Que lo tengo todo? —Mi voz sonó hueca.
—Viajes, dinero, una familia con un poder inimaginable, belleza... ¿Qué más se puede pedir?
—El dinero no compra la libertad, Kyler. Al menos, la mĂa no.
Nos quedamos un rato más hablando de cosas superficiales: mĂşsica clásica, Ăłpera, literatura; esos temas que nuestro cĂrculo social nos obligaba a dominar para encajar. El cansancio de la noche anterior y el efecto del alcohol en ayunas empezaron a nublarme la vista. Kyler, tambiĂ©n agotado, se habĂa recostado un momento en los sillones del balcĂłn. Me acerquĂ© para mirar la hora en su reloj de pulsera y el pánico me espabilĂł de golpe.
M****a. Eran casi las ocho de la mañana.
¡LlegarĂa tarde a mi primera clase! SusurrĂ© una maldiciĂłn y salĂ de la suite a toda prisa, esquivando a los guardias. El mareo era intenso; definitivamente esa maldita margarita no era light.
SubĂ a un taxi como pude. Iba con el vestido de cĂłctel de la noche anterior, el maquillaje corrido y el cabello atado en una coleta desesperada.
—Si mi padre me viera ahora, le darĂa un infarto —murmurĂ© para mĂ misma—. SerĂa divertido, en realidad.
El taxista me mirĂł por el retrovisor como si estuviera loca. Cuando el auto se detuvo frente al imponente edificio de la facultad de Medicina, bajĂ© pagando a trompicones. CaminĂ© apenas unos pasos hacia la entrada y el mundo comenzĂł a dar vueltas a mi alrededor. Mis manos y mi frente se cortaron de un sudor frĂo, y el bullicio de los estudiantes se convirtiĂł en un zumbido ensordecedor.
—Señorita, Âżcree que esta es la manera adecuada de presentarse a la universidad? —una voz alta e irĂłnica me detuvo. Frente a mĂ, un chico rubio con una bata blanca sobre el uniforme azul de estudiante me miraba de arriba abajo—. ÂżSe encuentra bien?
Se acercó un paso. Traté de responder, de inventar una excusa o disculparme, pero mi cuerpo no resistió más. El contenido de mi estómago salió disparado, directo hacia su inmaculada bata. Lo vomité por completo. Justo después, las luces se apagaron y el suelo desapareció bajo mis pies.
—Señorita... —escuché una voz lejana, distorsionada—. Señorita, despierte.
—No quiero... —murmuré, sintiendo los párpados de plomo.
—Señorita, por favor —insistió la voz, un poco más firme.
Por puro instinto de defensa, levantĂ© la mano y la descarguĂ© hacia el sonido. SentĂ el impacto seco de mi palma contra algo caliente y duro. El dolor del golpe me devolviĂł la lucidez de golpe. AbrĂ los ojos, me sentĂ© en la camilla y me encontrĂ© al chico rubio —mi vĂctima de la entrada— frotándose la mejilla con incredulidad. Estaba en una sala de urgencias, rodeada de monitores y separada del pasillo por una cortina verde agua.
—Un comienzo de dĂa espectacular, debo decir —soltĂł Ă©l, con una ironĂa punzante.
—¡Lo siento! ¡Lo siento muchĂsimo! —exclamĂ©, sintiendo que la vergĂĽenza me tragaba viva. NotĂ© que ya no llevaba el vestido de Balenciaga, sino una genĂ©rica bata de paciente—. ÂżQuĂ©... quĂ© hago aquĂ?
—Se desmayó en la entrada. La trasladaron al hospital público más cercano.
—¿PĂşblico? —La palabra sonĂł extraña, ajena por completo a la burbuja de privilegios en la que me habĂa criado.
El chico enarcĂł una ceja y su expresiĂłn se volviĂł notablemente cortante.
—¿Tiene algún problema con los hospitales públicos, señorita?
—No, no, para nada. Es solo... Estoy bien. ¿Me puedo ir ya?
—Se le realizarán unos exámenes primero. Y no se preocupe por el accidente; le aseguro que le pagarĂ© la lavanderĂa de su ropa.
—No se moleste. No me va a devolver mi mañana con eso —respondiĂł Ă©l con frialdad, revisando una tabla con mis datos de ingreso—. Sigan pasándole la soluciĂłn salina y esperen los resultados de laboratorio —le indicĂł a una enfermera que entraba al cubĂculo.
—No se preocupe, doctor Miller —asintió la enfermera, acomodando el soporte del suero.
Me quedé helada. El aire se atoró en mi garganta. ¿Miller?
—Disculpe... —lo llamé antes de que cruzara la cortina—. ¿Su apellido es Miller?
—Sà —contestó, sin molestarse en mirarme.
—¿Por casualidad es pariente del dueño de la cadena de hoteles Miller?
El chico se detuvo en seco. Se giró lentamente y me clavó una mirada de una hostilidad tan gélida que me atravesó el pecho.
—No, no tiene nada que ver con ellos —intervino la enfermera con rapidez, rompiendo la tensión mientras me acercaba un teléfono inalámbrico—. Aquà tiene, puede llamar a un familiar para que la venga a buscar.
SonreĂ con una amargura que me quemĂł la boca. Apenas unas horas antes, Kyler me envolvĂa en su mundo de lujos y ambiciĂłn. Y ahora, ese mismo apellido me perseguĂa en los pasillos de un hospital pĂşblico. Dos Miller. El mismo apellido, pero dos realidades opuestas.
No podĂa imaginar en ese momento que estos dos hombres —Kyler, el encantador y peligroso heredero, y este estudiante de medicina, frĂo, recto y severo— se convertirĂan en los dos ejes de mi destrucciĂłn emocional. Dos Miller destinados a disputarse los pedazos de mi corazĂłn.







