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🖤 Capítulo 3: El Precio del Odio y el Contrato Silencioso

Capítulo: Peones en el Tablero

—Señor Miller...

El sonido de la voz de mi secretaria me sacó del abismo de mis pensamientos. Levanté la mirada. Kimberly entraba en mi oficina con su habitual vestimenta de negocios que, admitámoslo, no dejaba de ser provocativa: camisa de seda blanca, una falda negra que desafiaba la decencia corporativa y el cabello ondulado atado con una perfección calculada. Los lentes sobre el puente de su nariz no hacían más que aumentar el peligro.

Trabajar con una examante es un error garrafal, especialmente cuando ella todavía se siente con el derecho de sermonearte. Dejó una taza de café en la esquina derecha de mi escritorio y un sobre amarillo justo en el centro.

—¿Qué quieres, Kimberly? —gruñí, frotándome la sien con el dedo índice, intentando aliviar la resaca que me había dejado la noche anterior con Mía.

—Un café para tu resaca. Y esos documentos son del señor Stiller; los envió esta mañana —notó mi seriedad de inmediato y suavizó el tono—. ¿Pasa algo malo, Kyler?

—Nada que te competa. Solo déjame en paz, no estoy para nadie hoy.

—Pero... —Intentó acercarse, mostrando en su rostro una preocupación que yo no sabía si era genuina o simplemente parte de su actuación diaria.

La miré con una frialdad tan cortante que la hizo retroceder. Cerró la puerta de golpe al salir y el eco del impacto resonó en el silencio opulento de mi oficina.

Mis ojos se fijaron en el sobre amarillo. El contenido de esos papeles era el arma que cambiaría mi vida, la de mi familia y, sobre todo, la de los Stiller. Sonreí con amargura. Tomé un sorbo del café negro y caliente, mientras mi mente se hundía inevitablemente en el recuerdo de la decisión que me había condenado.

Flashback: El intercambio con el diablo

Estaba inmerso en una montaña de documentos, balances y estados de cuenta. El olor a tinta rancia y deuda era el perfume de mi nueva realidad. Llevaba días sin dormir, intentando coser desesperadamente los agujeros negros que mi padre había dejado en nuestras finanzas antes de morir.

—Hijo, deberías descansar —dijo mi madre, sentada frente a mí. Su rostro era la viva imagen de la derrota.

—Mamá, no puedo descansar. Si lo hago, lo perdemos todo.

—Deberías admitir que estamos en bancarrota. No es tu culpa, Kyler; tu padre nos dejó así —las lágrimas se asomaron en sus ojos—. No eres responsable de cada mala decisión que él tomó.

Me quedé en silencio; era mi única opción. Sabía que cada una de sus palabras era verdad, pero mi orgullo y el odio que me carcomía las entrañas me impedían aceptarlo. Ella se levantó para irse, pero se detuvo un instante en el umbral.

—No dejes que el rencor y la venganza se apoderen de ti, Kyler. Sé feliz, sigue adelante, cumple tus sueños... Enamórate y forma una vida.

—Hasta que no devuelva el mismo daño que le hicieron a mi padre, no voy a estar tranquilo, mamá —respondí, con la voz áspera. Ella solo me regaló una sonrisa triste antes de desaparecer por el pasillo.

La felicidad se había marchado con mi padre. Éramos una familia unida; él había sido el líder respetado de una cadena hotelera próspera. Pero todo se había desmoronado, y ahora yo cargaba con el peso muerto de su negocio y la frágil salud de mi madre.

El sonido de la puerta volviendo a abrirse interrumpió mis pensamientos.

—Mamá, ya te he dicho que... —Levanté la mirada, molesto.

—Oh, lo lamento, no soy tu madre —dijo un hombre con un traje cortado a la perfección, corbata de seda y una sonrisa de tiburón. Era Julián Stiller—. Veo que está luchando contra la marea para levantar su negocio, señor Miller.

La sangre se me congeló en las venas y, un segundo después, comenzó a hervir. Él. Uno de los principales culpables de nuestra desgracia. El mismísimo rostro de la hipocresía política. Me puse en pie de inmediato.

—¿Usted es...?

—Mi nombre es Julián Stiller. Creo que ya debe haber escuchado hablar de mí —dijo, con un tono repugnantemente arrogante.

Mi rabia se acumulaba, pero antes de que pudiera echarlo, él me interrumpió con un gesto de la mano.

—Soy un hombre que siempre va al grano —me observó, analizando el desgaste de la oficina—. ¿Le debía dinero mi padre? Si es así, yo le pagaré cada centavo, no se preocupe.

—Sí, me debe. Pero esa cuenta monetaria no me interesa tanto como un acuerdo privado que tenía con tu padre —me entregó un documento doblado con la misma pulcritud de su traje—. Léelo.

Abrí el sobre. La firma manuscrita de mi padre estaba al final de la hoja. Mis ojos recorrieron el texto rápidamente, hasta que mi vista se clavó en la cláusula principal:

Acuerdo de Fusión de las Empresas Miller y Stiller

Cláusula Principal: Queda establecido como requisito obligatorio para cumplir esta fusión el matrimonio entre la señorita Mía Stiller y el señor Kyler Miller.

Cláusula de Confidencialidad: La señorita Mía Stiller jamás deberá conocer el origen de este acuerdo por ningún medio. Para ella, este deberá ser un matrimonio real.

Cláusula de Integridad: El señor Miller jamás podrá maltratar físicamente a la señorita Stiller.

Cláusula de Sucesión: El matrimonio será por tiempo indefinido y deberá concebir al menos un heredero.

Penalización: Si no se cumple con los términos de este contrato, la totalidad de los bienes de la empresa Miller (detallados en el anexo adjunto) pasarán a ser propiedad absoluta del señor Stiller.

Dejé de leer y clavé la mirada en Stiller. Mis manos temblaban por la indignación.

—¿Está comprando un esposo para su hija?

—Algo así —se limitó a responder—. Tu padre murió en deuda conmigo y, lamentablemente, firmó este contrato no como individuo, sino como director ejecutivo de las empresas. Ya recibió una suma importante de dinero que ustedes ya se gastaron.

—¿Qué es lo que quiere de mí, entonces?

—Quiero continuar con el acuerdo, pero contigo. Claro, modificando algunos detalles. Yo te sacaría de todas las deudas de tu familia, te posicionaría como el CEO que fue tu padre y te daría todo mi apoyo político y financiero.

—¿Y si no acepto? —Mis puños estaban cerrados con tanta fuerza que los nudillos me blanquearon.

—Entonces tu familia estaría eternamente en deuda conmigo. Y me temo que tu madre tendría que despedirse de su casa. Sé que está muy delicada de salud, ¿no es así? —Su chantaje fue un golpe bajo, sucio y certero. Apreté la mandíbula—. Mi hija no es una mala chica, Kyler. Solo quiero asegurarle a alguien que esté a su altura.

—¿Por qué yo? —lo miré con un odio puro.

Él se encogió de hombros, indiferente. En ese preciso momento, alcancé a ver la única debilidad de Julián Stiller: Mía. Su posesión más preciada.

Fin del flashback

Esa había sido la semilla. Desde hacía un año había trabajado incansablemente, usando el dinero y los contactos del propio Stiller para levantar mi imperio y colocarme en una posición desde la cual pudiera destruirlo. Jamás imaginé que sería tan fácil que él mismo me entregara a su mayor tesoro. Mía sería la pieza clave en mi tablero de ajedrez.

Decidí no abrir el sobre de Stiller, no todavía. Tomé mi celular. Recordé que Mía había mencionado la noche anterior que hoy comenzaba la facultad de Medicina. Mi plan de venganza tenía que ser quirúrgico, sin margen de error.

—Bueno, Kyler, vamos a llamar a Tyler para saber si la ha visto hoy —susurré, riéndome de mi propio soliloquio.

Marqué el número de mi primo, Tyler Miller, el estudiante de Medicina. El teléfono repicó tres veces antes de que una voz tensa respondiera al otro lado de la línea.

—¿Qué necesitas? —El tono de Tyler era exasperadamente serio, como siempre.

—¿Mal día, primo? —me burlé—. Necesito un favor.

—Depende de qué sea.

—Te voy a enviar una foto por W******p para que me digas si has visto a esta chica hoy por la facultad. Es nueva.

—En cuanto tenga un respiro, Kyler. Envíala —no esperó mi respuesta y cortó la llamada. Siempre había sido un maldito antisocial.

Dejé el teléfono sobre el escritorio y mi mirada se desvió hacia un viejo libro de poesía que había pertenecido a mi padre. Lo tomé y leí la página que él mismo había dejado marcada antes de morir. Las palabras resonaron en mi pecho con un dolor sordo que se negaba a abandonarme:

«Tengo miedo. La tarde es gris y la tristeza

del cielo se abre como una boca de muerto.

Tiene mi corazón un llanto de princesa

olvidada en el fondo de un palacio desierto...»

Tengo miedo, de Pablo Neruda.

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