Elizabeth Carnegie.
El sonido rítmico del sonajero de Liam era la única melodía que llenaba la habitación en dónde nis encontrábamos.
Sentada en el sofá, con las piernas cruzadas y una taza de té ya frío entre las manos, observaba al bebé con una fascinación que no lograba explicar del todo. Sus manitas regordetas se aferraban al juguete con una determinación que solo los niños poseen, agitándolo una y otra vez como si el mundo entero dependiera de ese movimiento.
Sonreí. Era imposible no hace