—¿Juzgarme? —se burló Henny, sacudiendo la cabeza con desdén.
—¿Crees que estás calificado para hacer eso?
—¡Todos, dispárenle! Está solo... ¡nosotros somos cuarenta!
Los disparos estallaron como una tormenta. Las balas cortaron el aire, todas dirigidas a Álex.
—¡Muere, fenómeno arrogante! —gritó Henny con risa, convencida de que este era su final.
Pero la risa se convirtió en jadeos.
Las balas se detuvieron —suspendidas en el aire— a solo un metro del cuerpo de Álex, atrapadas en una pared invi