David se desplomó en el sofá, el peso de la traición grabado profundamente en su rostro envejecido.
Las líneas de desesperación eran claras, reflejando un alma destrozada más allá de reparación.
Diecisiete años había querido a Luther, creyendo que era carne de su carne.
Y ahora, la verdad lo cortó como una cuchilla fría: Luther no era su hijo.
Lyra se acercó cautelosamente, preocupación suavizando su voz. —David, ¿quieres tiempo a solas? Podemos regresar después.
—No —espetó David, su voz peligr