Jericho Kane no podía dormir.
La ansiedad lo carcomía implacablemente, retorciendo su estómago en nudos.
Había advertido explícitamente a su piloto de helicóptero que evitara cualquier confrontación con Álex, rezando silenciosamente que no hubiera surgido ningún problema.
Pero en ese mismo momento, un rugido violento perforó el aire nocturno—el trueno inconfundible de aspas de helicóptero cortando la oscuridad.
Su pulso se aceleró mientras corrió afuera.
El helicóptero descendió pesadamente sobr