—¡Increíble! —exclamó Joana sin aliento, con los ojos ardiendo de asombro mientras contemplaba la extraordinaria demostración de habilidad de Álex.
Sus métodos perfectos eran nada menos que revolucionarios.
Ella, una doctora que arrogantemente creía haber alcanzado la cima en medicina, de repente se sintió humilde y esperanzada—como una mujer ciega viendo el sol por primera vez.
—¡Bella! ¿Cómo te sientes? ¿Tienes algún dolor o molestia? —la voz de Jericho se quebró, la incredulidad y la alegría