3. Polos opuestos

~Rowan~

Cuando la vi entrar al comedor junto a esa anciana, por un momento pensé que era otra persona. Incluso la idea del matrimonio empezó a parecerme menos absurda, porque la mujer que mi abuelo había elegido era hermosa y, por su porte, parecía de buena familia.

Pero al verla de cerca, sentí un nudo entre mis tripas. Era ella. La maldita mujer de antes. La revoltosa de lengua afilada, la jovencita de mirada venenosa.

Debí haberme confundido. Aunque su cabello estaba bien peinado, lucía maltratado. El vestido y los zapatos eran decentes, pero el olor de su origen humilde se notaba a kilómetros. Sus manos callosas, uñas mordidas y piel reseca delataban todo lo que era ella.

Y ahora, sumado a las palabras que lanzó mi abuelo, todo esto me parecía una broma de mal gusto. Esa tal Ivette, la sirvienta que me bañó con agua de alcantarilla —o lo que haya sido— resultaba ser la supuesta prometida. ¿Acaso maté a un cura o qué demonios hice para merecer esto?

—Seguro es otra de tus bromas —me reí con nerviosismo, intentando evadir la realidad—. Abuelo, sé que quieres fastidiarme por portarme mal, pero te estás pasando.

—No estoy bromeando, Rowan —aclaró con seriedad—. Hablo completamente en serio. Esta joven es tu prometida.

—¡¿Qué?! —bramó Ivette, sobresaltándome—. ¡Oiga, anciano! ¿De qué demonios habla? Sea lo que sea esto, no tiene ni pizca de gracia.

Así que la mugrosa tampoco sabía. Pero no me engañaba. Todas las de su clase eran iguales, aprovechadas. Aunque… mi abuelo parecía tenerle cierto aprecio. ¿Será que había algo entre ellos?

—Ivette, cálmate. Sé que es sorpresivo para ti, y lamento decírtelo así —prosiguió mi abuelo, apoyando su mano sobre la mesa. Ese gesto me pareció sospechoso—. Eres una muchacha trabajadora, de buen corazón, y me encantaría que seas tú quien esté al lado de mi nieto como su esposa.

—No quiero —ella apartó la mano con brusquedad y me lanzó una mirada fulminante—. ¿Acaso sabe lo grosero que es ese tipo? Es insoportable, arrogante y un creído de primera. Preferiría casarme con un burro.

—¿Ves cómo me habla esta vulgar e insolente? Estás equivocado conmigo, abuelo —repliqué con rabia, devolviéndole la misma mirada—. No tiene modales, no tiene clase, y está lejos de ser de mi gusto.

—Ay, por favor, el inalcanzable —me lanzó con sarcasmo—. ¿Qué haremos con don perfecto? No eres más que un muñequito de plástico fabricado por papi y mami.

—¡Tú…!

—¡Ya basta! —el abuelo golpeó la mesa con la palma—. ¿Pueden dejar de comportarse como niños? Esto es un asunto serio.

—No pienso casarme con esta mugrosa —declaré sin dudar—. Elige a otra, abuelo. Acepto tus condiciones, pero solo si es otra persona. Con esta, no.

Los ojos de Ivette se entrecerraron, como si buscara un cuchillo de mantequilla para lanzármelo entre ceja y ceja.

—Ya conoces mi respuesta, Rowan —me recordó el anciano—. O te casas… o no hay herencia.

—Con todo respeto, creo que está yendo demasiado lejos —espetó Ivette—. Y para que quede claro: yo no he aceptado nada. No pienso casarme, no tengo edad para eso y, sinceramente, no tengo el hígado para soportar a este imbécil. Y disculpe que se lo diga así, pero yo soy de frente.

—Un insulto más hacia mí y no respondo —advertí, con los dientes apretados—. No estamos al mismo nivel, así que cuida tus palabras.

—¿Cuántas veces te he dicho que dejes ese comportamiento clasista? —me reprendió el abuelo con severidad—. Ella es tu prometida ahora.

—¡¿Prometida yo?! —chilló Ivette, exasperada—. ¡Ni lo sueñen! Ya le dije que no he aceptado nada. Arreglen sus líos ustedes solos. Me voy.

—Espera —el abuelo la detuvo, y ella volvió a sentarse a regañadientes—. Hablemos con calma, Ivette. Tengo mis razones, y no pienso retractarme de mi decisión.

—Parece que te importan más los sentimientos de esta mujer que los míos —gruñí, cerrando los puños—. Mi respuesta sigue siendo la misma.

—Mi respuesta también sigue siendo la misma —declaró él—. Te daré tiempo para pensarlo. Si no aceptas, te vas de aquí con las manos vacías.

—¡Eso no es justo para mí! —me levanté furioso—. Eres el peor, abuelo. No puedo creer que me estés haciendo esto. ¿Mamá sabe? ¿Papá?

—Nadie lo sabe, solo nosotros. Se enterarán cuando aceptes.

Ni en sueños. ¿Qué pensaría la sociedad si me casaba con una campesina mal hablada? Antes muerto. Mis amigos se burlarían de mí por años. A mi madre le daría un paro cardíaco. Y mi padre... bueno, él no era lo que más me preocupaba. Siempre estaba de viaje, metido en sus negocios, y apenas si pisaba la casa.

—Esto es absurdo —escupí con rabia—. Estás cometiendo un gran error.

Sin tocar un solo bocado de la cena, subí a mi habitación hecho una furia. Toda mi vida perfecta se había venido abajo en un solo día. No debí venir. Debí casarme con Margoth antes, y evitar todo esto. Prefería mil veces casarme con esa mujer, aunque me haya destrozado el corazón, que terminar atado a esta campesina.

Me encerré en mi recámara y me dejé caer sobre la cama. Extrañaba mi habitación. La mía era más cómoda, más cálida… y, sobre todo, no tenía que lidiar con esta locura.

Mañana me iré. No pienso quedarme un día más en este lugar. Seguro que a mi abuelo se le pasará esa absurda idea de querer casarme con una campesina. Le mentiré si hace falta, le diré que ya tengo a alguien en mi vida. Y si tengo que contratar a ese alguien para que finja ser mi pareja, lo haré.

Pero de que no me casaba, no me casaba.

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