Mundo ficciónIniciar sesión~Ivette~
El anciano suspiró y negó suavemente con la cabeza antes de volver a mirarme, justo después de que su nieto se marchara enfadado. ¿De verdad creía que yo estaba feliz con todo esto? ¡Pues claro que no! —Lo lamento... —murmuró el patrón con pesar—. Ivette, ya he conversado con tu abuela y con tu madre. Hemos tomado una decisión... —Un momento —lo interrumpí, alzando la mano, con los ojos abiertos como platos—. ¿Habló con mi mamá y con mi abuela? Asintió con seriedad. —Esto no es algo improvisado —continuó con calma, bajando la mirada—. Tengo un profundo cariño por mi nieto. Sé que ahora no tienes la mejor impresión de él, pero no es un mal hombre. Es el resultado de una crianza... complicada. En el fondo, es alguien noble. ¿Y eso qué tenía que ver conmigo? El asunto empezaba a tornarse sentimental y, lejos de conmoverme, me estaba fastidiando. —No entiendo a dónde quiere llegar, don Walter. Hable claro. —Temo que su vida se desvíe por completo —dijo preocupado, con su mirada ahora fija en la mía—. Ya ha tenido una decepción amorosa, y desde entonces, su comportamiento ha sido... errático. Se refugia en relaciones pasajeras, como una forma de evadir lo que siente. Me preocupa que alguna de esas mujeres intente atarlo con un embarazo no deseado. No quiero que acabe arruinando su vida. —¿Y eso qué tiene que ver conmigo? —repliqué sin suavizar el tono—. Con respeto, don, pero su nieto y sus errores no son mi carga. —Lo comprendo —asintió sin molestarse—. Sé bien que no eres responsable de nada. Ni siquiera lo conocías. Pero yo te conozco a ti, Ivette. Y sé que eres una joven íntegra, con valores firmes, trabajadora, con un corazón generoso. Además, eres hermosa. Eres exactamente el tipo de mujer que siempre imaginé para Rowan. Estoy convencido de que, con el tiempo, podrían llegar a enamorarse. «Prefiero tragar piedras» pensé, sintiendo el estómago apretado por la indignación. —No quiero casarme con él —dejé claro, sin rodeos ni adornos—. Que sea guapo, rico o lo que sea, no cambia el hecho de que me trata como si no tuviera valor. Yo no encajo en su mundo. ¿No me ha visto? No soy de su círculo, don Walter. Lo único que haría al casarme con él sería convertirme en una especie de adorno... o en su entretenimiento. Y yo no nací para eso. —Ivette, si aceptas casarte con él, puedo encargarme de todos los gastos médicos de tu madre —insistió con seriedad, aunque se notaba cierta urgencia en el tono de su voz—. Haré que la trasladen a uno de los mejores hospitales. Ella al principio estuvo en desacuerdo con esta decisión, pero terminó comprendiendo que, tal vez, era lo mejor para ti. Una oportunidad para tener una buena vida y un futuro más estable. Ella pensó en lo que te conviene. Tu abuela también. Fruncí el ceño, molesta. Me hervía la sangre solo de imaginar que mi madre y mi abuela supieran todo desde antes. ¿Y yo? Yo como una ilusa creyendo que la vieja no tenía idea de nada. ¿De verdad creían que esto era lo mejor para mí? —Necesito tiempo —murmuré, conteniendo el enojo—. No puedo darle una respuesta así, de golpe. Sigo sin querer hacer esto. No me nace. No lo necesito. A mí me gusta mi vida tal como está. —Tienes derecho a pensarlo —respondió con amabilidad, aunque en su rostro había un dejo de tristeza—. Y lo respeto. Solo espero que tu respuesta no sea definitiva. Ten presentes mis palabras, Ivette. Rowan, pese a todo, es un buen muchacho. Asentí y me puse de pie de inmediato, haciendo chirriar la silla. No dije ni una palabra y salí en busca de mi abuela. La encontré en la habitación, doblando su uniforme de lavandera. —Ya lo sabes —dijo sin siquiera voltearse, como si supiera exactamente por qué venía—. Estamos pensando en lo mejor para ti, Ivette. —¿Lo mejor para mí? —me acerqué con el pecho apretado y la voz dura—. Hubiera sido un detalle que me lo dijeran antes de decidir por mí. ¿Te das cuenta, abuela? ¿Te das cuenta del tamaño de esto? Ese hombre me desprecia solo por ser una humilde campesina. Por ser quien soy. Me ve como si fuera un defecto asqueroso, y yo no lo soporto. Me cae pésimo. No quiero saber nada de él. —Sé que es duro —se volvió hacia mí, y al verla noté sus ojos enrojecidos, como si hubiera estado llorando en silencio—. Créeme que no fue fácil para tu madre ni para mí. Pero... nos dimos cuenta de que no tenemos mucho para ofrecerte. El futuro es incierto, hija. Tu madre está muy enferma, y yo ya no tengo fuerzas. ¿Qué vida puedes tener aquí, metida en el campo todo el tiempo? Solo queremos algo mejor para ti. El señor Walter... nos hizo ver una luz que ya no veíamos. La garganta se me cerró con ese nudo enorme que llevaba atorado desde que empezó todo esto. Era consciente de nuestra situación. Nacer en la pobreza no fue culpa de nadie. Y yo sabía, porque lo veía cada vez que me miraban, que tanto mi abuela como mi madre cargaban una tristeza honda en los ojos por no poder darme lo que creían que merecía. Pero yo era feliz. Con mi vida, con lo poco que teníamos, con lo que era. Nunca me sentí avergonzada ni me andaba lamentando por eso. —No voy a ser feliz —susurré bajando la mirada, apretando las palmas hasta que me dolieron—. Sé que me van a tratar mal. Y yo no nací para ser la alfombra de los pies de nadie, abuela. —Lo sé, hija... —sorbió la nariz con fuerza, y no quise alzar la vista porque sabía que estaba llorando, y me partía el alma verla así—. Tal vez estamos siendo injustas contigo, egoístas hasta cierto punto. Hasta parece que te vendemos a un desconocido, pero el señor Walter fue muy insistente... Nos prometió que te daría estudios, que cuidaría de ti. Y aunque ahora te lleves mal con ese muchacho... —Dímelo claro, abuela. Yo sé que ni tú ni mi mamá me darían así, sin razón. ¿Qué están ocultando? Porque algo había. Mis presentimientos no fallaban. Ellas, que siempre me cuidaron con uñas y dientes, jamás me empujarían a algo que me rompiera el alma... a menos que no tuvieran salida. —Tu madre... necesita una cirugía urgente —soltó por fin, con la voz dificultosa—. Y cuesta mucho, Ivette. Ni juntando todos nuestros ahorros nos alcanza para pagar un hospital decente en la ciudad. Solo el viaje a Boston ya nos quitaría más de la mitad de lo que tenemos. Si esa operación no se hace... tu madre podría... —Ya entendí —murmuré, con un ardor insoportable en los ojos—. No sigas, abuela. Por favor. —Ivette... Me di la vuelta y salí corriendo de la habitación con el pecho en llamas. Así que eso era lo que estaban callando... y ni siquiera me lo habían dicho. No me fui a esconder a llorar en una esquina. Si las lágrimas resolvieran los problemas, el mundo ya sería un paraíso. En lugar de eso, caminé devuelta a la sala, donde el señor Walter seguía cenando solo con esa calma tan suya que parecía ajena al incendio que había desatado a su alrededor. —Don Walter —llamé, jadeando por la prisa. Dejó los cubiertos con delicadeza y alzó la cabeza, aunque no me miró. Esperaba una respuesta. Y estaba segura de que rogaba que fuera la que quería. —Acepto casarme con su nieto —dije, sintiendo las palabras rasposas como tierra en la boca—. Lo haré, pero solo si usted me garantiza que mi madre va a recibir la atención que necesita. Quiero que su vida esté asegurada. —Cuenta con ello —respondió sin dudarlo. —Y además —agregué, quedando de pie a su lado—, quiero que este matrimonio sea contractual. Si realmente cree que su nieto va a enamorarse de mí, puede darnos un año. Si después de ese tiempo él no siente nada, me dejará libre. Y usted cumplirá con su promesa. Esta vez me miró de frente. Parecía sorprendido, pero su expresión se suavizó poco a poco y acabó asintiendo. —Concedido —dijo con tono grave—. Un año, Ivette. Si el corazón de Rowan sigue siendo de hielo después de ese tiempo, serás completamente libre. No solo eso, recibirás una compensación. No quedarás desamparada. Pero si ocurre lo que yo espero... si él llega a enamorarse de ti, no podrás divorciarte jamás. ¿Eres consciente de lo que estás diciendo? Tragué saliva, dudando. Pero yo sabía muy bien cómo ser un grano en el trasero de cualquiera. Era casi un don, no precisamente hereditario. Esa esencia formaba parte de mí. Rowan Aristegui definitivamente no se iba a enamorar de mí. Mi misión será impedírselo. —Lo soy —asentí firme—. Y quiero que todo quede por escrito. Nada de promesas al aire.






