Mundo de ficçãoIniciar sessão
~Rowan~
—¿Cuánto falta para llegar? —pregunté con impaciencia a Pascal, mirando mi reloj. —Solo unos minutos, señor —respondió desde el volante. Llevaba diciéndome eso un buen rato mientras el auto se sacudía entre piedras y baches. ¿Por qué el anciano tuvo que elegir Weston? Entendía su gusto por la tranquilidad rural, el ambiente boscoso, pero debería pensar en su adorado nieto, que sufría las consecuencias de su elección. Odiaba el campo, la maleza, los insectos y la humedad. Aunque debía admitir que la lluvia me tranquilizaba. Al fin, divisé la vieja finca de mi abuelo. Casi suspiré de alivio. El problema no era llegar, sino volver. Mi secretario me abrió la puerta al detenerse el auto. Bajé, acomodándome la chaqueta. Ahí estaba la finca: de dos pisos, vieja pero impecable, con un lujo antiguo. Las ventanas altas, los postigos negros perfectamente alineados, y el camino de ladrillo que conducía a la entrada. Todo seguía igual. Inhalé profundamente. El aire del campo era limpio y denso. Nunca me gustó vivir aquí, pero no podía negar la nostalgia que me producía este lugar. Recordaba a un pequeño corriendo por este jardín, escondiéndose entre los arbustos, trepando a los árboles con los zapatos embarrados. Me encantaba estar afuera, lejos de los adultos y sus eternas cenas aburridas. Solté un bufido cansado antes de adentrarme por aquel caminito, con Pascal detrás de mí, absorto en los mensajes de su celular. No sabía quién iba más distraído, si él o yo, porque mientras caminaba no hacía más que observar el entorno, dejando que los recuerdos de mi infancia llegaran a mí. Pero entonces algo frío y líquido me empapó, haciéndome dar un salto hacia atrás, alarmado. Era agua. Mi traje —perfectamente elegido para esta mald¡ta ocasión— estaba completamente empapado y, para colmo, apestaba. Frente a nosotros había una mujer menuda, con los ojos desorbitados y la boca abierta formando una O enorme. En el suelo, una taza volcada de pasta marrón terminaba de contar la historia: me había arrojado todo su contenido encima. —¡Señor! —reaccionó Pascal, sacando un pañuelo y tratando de limpiarme inútilmente—. ¿Está bien? Mis ojos, furiosos, se clavaron en esa mujer. Como si el viaje no hubiera sido ya lo suficientemente desagradable, así me recibían, con una ducha de agua sucia. Fantástico. Simplemente maravilloso. —¡Lo siento! —chilló ella al fin, saliendo de su trance—. Yo… no te vi, lo lamento muchísimo. —¿Acaso no tienes ojos o qué? —solté enojado—. ¿Tienes idea de cuánto cuesta este traje? La mujer frunció el ceño y me miró como si yo fuera el loco. Luego cruzó los brazos y adoptó una postura desafiante. —Te dije que no te vi —respondió con altanería—. ¿Qué esperas, que te bese los pies? Salía apurada y tú estabas justo en medio. La observé de arriba abajo con una mueca de asco e incredulidad. Su cabello negro tenía restos de lo que parecía harina o vaya a saber qué, y el moño mal hecho apenas contenía el desastre que era. Vestía un uniforme de sirvienta, pero el desaliño general dejaba mucho que desear. Tenía las manos sucias y, al mirar sus uñas, sentí escalofrío. Jamás había visto a una mujer tan descuidada. Y ni hablar del calzado. Llevaba unas botas de cuero que le quedaban enormes. Volví la mirada a sus ojos. Me enfrentaba con una ceja alzada, desafiante. —Para ser una sirvienta, tienes un comportamiento bastante insolente —solté—. Hablaré con mi abuelo para que te despidan de inmediato. No voy a tolerar este tipo de actitud. —Hazlo —respondió encogiéndose de hombros, como si nada—. Él no lo hará. —¿Cómo te atreves a hablarme así? —di un paso hacia ella, y Pascal me sujetó del brazo—. ¿Sabes qué? Agáchate y limpia mis zapatos. Para mi sorpresa, la descarada soltó una carcajada tan genuina que sus ojos grises destellaron con burla. —Esa fue buena —dijo, secándose una lágrima con fingida gracia—. De verdad que eres divertido. Fruncí el ceño mientras sentía la presión de Pascal en mi brazo, intentando contenerme. ¿Quién demonios se creía esta sirvienta cualquiera? Me tuteaba como si fuéramos iguales, se reía en mi cara, y encima me desafiaba con esa actitud rebelde. —¡Ivette! —una anciana apareció desde la finca, casi tropezando en su prisa por alcanzarla. La tomó del brazo—. ¿Cuántas veces te he dicho que no salgas por la puerta principal? Al ver mi traje arruinado y la taza tirada en el suelo, sus ojos se abrieron con horror. —¡Dios mío, señor, lo lamento profundamente! —dijo, inclinándose con respeto—. Mi nieta aún no entiende cómo comportarse. Le ruego que acepte mis disculpas. —Acepto las disculpas —respondí con frialdad—, pero debería enseñarle mejores modales. Tiene una lengua venenosa y ni la más mínima noción de lo que significa la palabra decoro. Me solté del agarre de Pascal y pasé junto a ellas, molesto. Mi día no podía ir peor. Si no fuera por la insistencia de mi madre en que viniera a visitar al abuelo —porque él lo había solicitado, según ella— jamás habría puesto un pie en este lugar. Siempre terminas topándote con algo desagradable en el camino. —¿Rowan? —mi abuelo abrió sus ojos arrugados con sorpresa al verme entrar al vestíbulo—. ¿Qué te ha pasado? Y ese olor que traes… —Una sirvienta mugrosa decidió darme la bienvenida con un baño de agua sucia —solté con irritación—. ¿Así reciben a tu nieto? Tus empleados carecen por completo de modales. Mi abuelo parpadeó, desconcertado al principio, pero enseguida dejó escapar una risa baja mientras se apoyaba en su bastón para incorporarse. A mí, honestamente, no me causaba ninguna gracia. —Ya imagino quién fue —murmuró—. Ve a cambiarte primero. Te estaré esperando para que conversemos. Llamó a una criada para que me guiara a una habitación. En realidad, era la mía de la infancia. Todo seguía exactamente igual. Mi abuelo se había encargado de mantenerlo todo intacto: los juguetes, la ropa diminuta, las fotografías antiguas con caballos, en los establos o recolectando bayas. Ignoré los recuerdos. Me di una ducha rápida y me cambié con una bermuda que me dejaron. Salí poco después. Mi abuelo ya me esperaba en la sala, sentado en los mismos sofás antiguos que tanto le gustaban. En la mesa de centro había una bandeja con galletas de flores, cada una con una gota de mermelada roja en el centro. Fruncí el ceño y me senté. Solo acepté la taza de café que me ofrecieron. —¿Quieres una? —señaló las galletas—. Quien las prepara tiene un talento inigualable en la cocina. —Sabes que no soy amigo de lo dulce. Paso. Se encogió de hombros y tomó una con gusto. —Me alegra verte después de tanto tiempo —comentó con una sonrisa cálida—. Ya pensaba que te habías olvidado de este viejo. No venías a visitarme. —Sabes perfectamente que tengo el peso de una empresa sobre los hombros. Papá no hace más que desaparecer en viajes, y yo me quedo al frente de todo. Mientras tú disfrutas los últimos años de vida entre árboles y galletas caseras. Se rió con suavidad mientras terminaba su galleta, pero enseguida su expresión cambió. Se volvió sobria. —Rowan, aunque me mantenga lejos, estoy al tanto de todo lo que ocurre con ustedes —dijo con tono serio—. Tú, en especial, ya deberías comportarte como el adulto que eres. Supe del desastre con aquella mujer, y desde entonces no has hecho más que desperdiciar tu vida entre placeres vacíos. No creas que me pasan por alto los artículos sobre tus escándalos y tu vida disoluta. —¿Me llamaste hasta aquí solo para juzgar cómo vivo? —No precisamente. Quiero hacerte entrar en razón —su rostro permanecía imperturbable, y eso nunca era buena señal—. Seré claro contigo: es momento de que formes una familia. Ya va siendo hora. —¿Qué dijiste? Dejé la taza sobre la mesa con un golpe seco, desconcertado. —Vas a casarte —anunció—. Eres hijo único, ¿lo olvidas? Nuestra familia necesita herederos. Se acabaron los excesos y las mujeres sin apellido. Necesito que sientes cabeza y actúes como lo que eres: un Aristegui. —¡Estás completamente loco si piensas que voy a…! —Si no lo haces, puedes olvidarte de todo lo que deseas —sus ojos se oscurecieron, llenos de amenaza—. Sabes bien que ansías que la empresa esté completamente en tus manos. Bien, pues aquí tienes la condición. Si quieres tu herencia, si quieres mi legado, tendrás que cumplir con mi última voluntad: casarte. Y fundar una familia. Es todo lo que te pido para estar en paz. Lo miré con el ceño fruncido, incrédulo. ¿Qué más podía arruinar este maldito día? —No. No puedes hacerme esto —espeté, poniéndome de pie—. No puedes decidir por mí. Soy dueño de mi vida y hago lo que se me antoje. Esa herencia me pertenece por derecho. —Tengo el poder de dar y de quitar, Rowan —replicó—. No me subestimes solo porque te tengo aprecio. Sé lo que te conviene, aunque tú aún no lo veas. Si sigues por ese camino, terminarás mal. ¿Y si alguna de esas mujeres sin rostro con las que te revuelcas termina embarazada? Ya no se trata solo de ti. Me dejé caer de nuevo en el sofá, sin apartar la mirada de su rostro. Esperaba, en el fondo, que todo fuera una broma. Pero no. Su expresión seguía firme. Mantuvo su postura. —No es tan difícil —continuó—. Una cosa por otra, Rowan. Es un intercambio justo. Cásate y forma una familia. —Lo dices como si fuera tan sencillo. —Te acuestas con desconocidas sin pensarlo dos veces —dijo ceñudo—. ¿Por qué no comprometerte con una que, además, es la pareja ideal para ti? —¿De qué familia es? Mi abuelo entrecerró los ojos, con una chispa de advertencia. —No quiero escuchar esa arrogancia clasista que heredaste de tu madre —me reprendió, severo—. Ya lo sabrás. Quédate a cenar esta noche. La conocerás.






