Nuevamente encerrado en una celda, al lado del hombre que más daño les ha hecho, David buscaba la calma, pero era imposible con los gritos de Heriberto en la celda de al lado, dando golpes a las rejas para llamar la atención de los guardias, pero era imposible.
—¡Cállate, Gómez!, que estamos aquí por tu culpa —reprochó David, acotado con sus manos en la cabeza y sus ojos cerrados.
—¿Mi culpa? Ja, esto es culpa de esa m*****a inútil, fue capaz de traicionarme —Gritó dando un fuerte golpe a la p