Las palabras de Estela seguían repitiéndose en mi mente. Ese hijo era mío.
Al principio dude de su palabra. ¿Cómo podría creerle después de todo el engaño? Negué con la cabeza mientras mis ojos la miraban fijamente, buscando un atisbo de duda en sus palabras, algo en sus ojos que me dijera que estaba mintiendo. Sin embargo, no había nada, sus palabras, aunque en un tono bajo, sonaron seguras, y una amargura aún más grande se instaló en mi pecho.
—¿Cómo estás segura de que es mío? —pregunté—. Si