73| Un dolor diferente
Pasaron un par de horas desde que ellos se fueron y me encontré en el suelo de mi departamento, en un rincón oscuro y silencioso que, por alguna razón, parecía el único lugar en el mundo donde podía respirar. La botella en mis manos estaba a medio vaciar, y mi visión se tornaba borrosa, pero no podía —o quizá no quería— parar. Bebía como si el alcohol pudiera llevarse el dolor, como si cada trago pudiera borrar las imágenes de Estela y Zander, juntos, riéndose de mí. Era una ilusión, claro. El a