—Eres una paciente extremadamente difícil, cara —masculló Sandro entre dientes apretados tres días después.
Era media tarde y había entrado en su taller solo para encontrarla de pie en el centro de la habitación con aire culpable. Sostenía contra su pecho el cuaderno de bocetos que había subido a escondidas a buscar.
—Estaba aburrida —se quejó ella—. Así que pensé que si tenía mi cuaderno de bocetos a mano, podría trabajar en algunos diseños.
—¿Por qué no me llamaste a mí o a Phumsile para que