Capítulo treinta y dos

Ahora estaba sentada con los pies en alto, mirando con tristeza la lluvia que caía afuera.

Era una tarde de primavera inusualmente húmeda y miserable de octubre, y Theresa había abandonado hacía rato su libro a favor de sus turbulentos pensamientos.

Estaba tan absorta en esos pensamientos que no oyó entrar a Sandro y casi se le salió el corazón del pecho cuando sintió una gran mano en su hombro.

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