Capítulo Ocho

Cuando terminó, se enjuagó la boca y regresó al dormitorio. Se arrastró hasta el centro de la enorme cama, se sentó con las rodillas pegadas al pecho y la cara enterrada entre las manos. Le dolía demasiado como para llorar y temblaba tanto que le castañeteaban los dientes. No sabía qué hacer ni hacia dónde acudir. Necesitaba salir de esa situación, alejarse lo más posible de los dos.

Posibles soluciones y escenarios desfilaban por su mente traumatizada, pero ninguna viable se presentaba. Todavía tenía que considerar la amenaza de Sandro contra el negocio de Lisa. Además, no tenía dinero propio de verdad y sabía que, con sus considerables recursos, su padre y su marido la encontrarían antes de que pudiera llegar muy lejos.

Todavía estaba dándole vueltas cuando sonó un suave golpe en la puerta del dormitorio. Esta se abrió antes de que pudiera responder y su marido —grande, moreno y guapísimo— apareció enmarcado en el umbral. Sus ojos recorrieron su pequeña y desaliñada figura sentada en el centro de la cama, con las rodillas aún pegadas al pecho y los brazos rodeando sus piernas dobladas.

—Llevas casi tres horas aquí metida, Theresa —dijo en voz baja. Era el tipo de voz que se usa para hablarle a un caballo nervioso y sin domar. 

¿Tres horas? Theresa no se había dado cuenta de que había pasado tanto tiempo. Cuando se movió, sus músculos protestaron con dolor. En realidad había estado sentada en la misma posición durante casi todo ese tiempo. Con esfuerzo y visible dificultad, estiró los brazos y las piernas, intentando no hacer una mueca de agonía mientras la sangre volvía a circular con normalidad.

—No me había dado cuenta —murmuró, apartándose el largo cabello de los ojos—. Iba a visitar a Lisa.

—¿Por qué? —preguntó él bruscamente. Ella se encogió de hombros.

—Algo que hacer —respondió con indiferencia.

—Pensé… —Vaciló, y Theresa levantó la mirada hacia su rostro, sorprendida; la vacilación era tan inusual en su supremamente seguro marido—. Pensé que podríamos almorzar juntos… salir a algún sitio. Hace tiempo que no lo hacemos.

—Inténtalo con «nunca» —medio rio ella con incredulidad, y él frunció ligeramente el ceño.

—Por supuesto que lo hemos hecho… —empezó.

—Una vez —asintió ella—. Un mes antes de casarnos. Recuerdo esa vez con mucha claridad porque me sentí como la heroína de mi propio cuento de hadas. La doncella atolondrada, tonta y no tan bella compartiendo una comida con su príncipe oscuro, melancólico y guapísimo, que no se molestaba en juntar dos frases seguidas en toda la velada y miraba el reloj cada cinco minutos como si tuviera lugares mucho más importantes a donde ir. Pero claro, a mí no me importaba, así eras tú y yo te «amaba»… —pronunció la palabra con desprecio— de todos modos. Nunca volvimos a salir después de eso.

—Por supuesto que sí —a pesar de su afirmación, se veía notablemente incómodo; movía los hombros con inquietud y metió las manos en los bolsillos de sus vaqueros.

—Las otras veces fueron cenas oficiales de trabajo; de esas a las que tienes que llevar a tu esposa. —Él frunció aún más el ceño, pero decidió no responder a su comentario.

—Bueno, entonces diría que ya es hora de que salgamos juntos, ¿no te parece? —preguntó con una voz artificialmente alegre. Theresa ladeó la cabeza mientras intentaba leer su expresión. Como de costumbre, no revelaba nada. Sus labios se curvaron en una sonrisa cínica y sin rastro de diversión.

—No lo creo, Sandro —sacudió la cabeza—. Creo que iré a casa de mi prima como tenía planeado. —Él asintió pensativo, balanceándose sobre sus talones de forma inquieta y poco característica en él.

—Como quieras —se encogió de hombros—. ¿A qué hora pensabas salir?

—Pronto.

—Bien —volvió a encogerse de hombros, luciendo extrañamente torpe—. Entonces te veo luego.

Ella asintió y él se dio la vuelta y se marchó sin decir una palabra más.

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