En aquella mansión sumida en un silencio sepulcral, el mutismo de Jared era más aterrador que cualquier rugido. Cada vez que Nancy llamaba, lo que salía del auricular ya no eran insultos, sino esa voz grave, ronca y con un magnetismo teñido de alcohol que enviaba escalofríos por la espalda. Despachaba a todo el mundo con una paciencia casi masoquista; esa calma opresiva hacía sentir a Nancy que él caminaba por el borde de la locura.
Dentro del grupo, el caos se extendía como una plaga. Mientras