Mundo ficciónIniciar sesión
El mensaje llevaba casi un minuto en la pantalla de Alessia Moreau antes de que encontrara el valor para enviarlo.
¿Puedes dedicarme una noche, por favor? No te pediré nada más nunca.
Su pulgar permaneció sobre la pantalla después de que el mensaje desapareciera.
Durante diez meses había aprendido a no esperar nada de Darius Kensington.
Ni una llamada, ni una cena. Ni siquiera una explicación.
Sin embargo, ese día, después de lo que había oído en el hospital, no pudo quedarse en silencio.
Sus ojos se dirigieron hacia el asiento del acompañante, donde descansaba el expediente del médico.
Cáncer.
La palabra seguía resultándole extraña cada vez que la pensaba.
Había ido al hospital aquella mañana esperando que el doctor le dijera que el agotamiento constante se debía al estrés. Quizá a una anemia. Tal vez a algo relacionado con las noches en vela que llevaba sufriendo.
No esperaba que el doctor Harrison cerrara la carpeta y la mirara con lástima.
No esperaba oír que quizás le quedara menos de un año.
Ocho meses sin tratamiento.
Posiblemente más con quimioterapia.
Pero ninguna garantía.
Alessia tragó saliva y volvió a mirar el teléfono.
Todavía no había respuesta.
Intentó convencerse de que no importaba.
Importaba. Darius importaba.
Había importado desde que eran jóvenes, mucho antes de que su matrimonio se convirtiera en poco más que un arreglo legal.
Su mejor amiga, Elaris Whitmore, la había advertido.
«Sigues esperando que se convierta en el marido que imaginaste», le había dicho Elaris dos semanas atrás. «Alessia, ¿y si nunca lo hace?»
En aquel momento Alessia se había reído.
Hoy ya no encontraba gracia a la pregunta.
El teléfono vibró y el corazón le dio un salto.
Comprobó y vio que no era Darius.
Elaris.
¿Dónde estás?
Alessia miró el mensaje antes de responder.
Estoy fuera del hospital.
La respuesta llegó casi de inmediato.
¿Hospital? ¿Por qué no me dijiste que ibas?
Alessia dudó.
Luego escribió las palabras que aún no podía pronunciar en voz alta.
Me dieron los resultados.
Tres puntos aparecieron, desaparecieron y volvieron a aparecer.
Alessia, ¿qué ha pasado?
Los ojos le ardían.
Bloqueó el teléfono en lugar de contestar.
Podía contárselo a Elaris más tarde.
En aquel momento solo había una persona a la que quería ver.
Su marido.
Darius nunca había sido afectuoso, pero una vez creyó que bajo su frialdad había algo real entre ellos.
Se había equivocado.
O quizás simplemente había sido demasiado esperanzada.
Llevaban casi un año casados, pero él rara vez volvía a casa. Cuando lo hacía, casi no le hablaba. No había habido discusiones, ni una traición dramática, ni ninguna razón evidente para la distancia.
Eso casi lo empeoraba.
Habría podido pelear con él u odiarlo, pero en cambio había pasado diez meses preguntándose qué había hecho mal.
El teléfono seguía en silencio.
Luego vibró de nuevo.
Esta vez era su abuelo.
Alessia contestó.
«Hola, abuelo.»
«¿Dónde estás?»
Miró a través del parabrisas la entrada del hospital.
«Estoy fuera.»
«Ven temprano a casa hoy. Quiero hablar contigo.»
«¿De qué?»
Hubo una pausa.
«De Darius.»
Los dedos se le tensaron alrededor del teléfono.
«¿Qué pasa con él?»
«Lleváis casi un año casados y apenas os veo juntos. Este fin de semana quiero que los dos estéis en la cena.»
Alessia cerró los ojos.
«Hablaré con él.»
«Más te vale.» La voz se suavizó. «Alessia, eres mi única nieta. Quiero verte feliz.»
La garganta se le apretó.
«Estoy feliz.»
Otra mentira.
Cortó la llamada antes de que él pudiera notar el cambio en su voz.
Durante varios segundos se quedó simplemente sentada.
Luego el teléfono se iluminó.
Se le cortó la respiración.
Darius.
Abrió el mensaje.
Leído.
Había visto su petición.
Pero aún no había respuesta.
Alessia esperó.
Un minuto. Cinco. Diez. Ninguna respuesta. Su esperanza empezó a desvanecerse.
Debía haberlo sabido.
Arrancó el motor. En cuanto lo hizo, el teléfono vibró.
Se quedó paralizada.
Una sola palabra apareció en la pantalla.
¿Dónde?
Alessia la miró, incapaz de creer lo que veía.
Después de diez meses de silencio, su marido había contestado por fin.
Se secó las lágrimas de las mejillas y escribió su ubicación.
No sabía si se dirigía hacia el comienzo de su matrimonio o hacia el final.
Solo sabía que le quedaban ocho meses, quizá menos.
Y aquella noche, por primera vez en diez meses, Darius Kensington iba a ver a su esposa.
Lo que Alessia no sabía era que alguien más ya había visto su mensaje.
Y esa persona no tenía ninguna intención de permitirles pasar la noche juntos.







